
Hello! It's great to see you here.
I'm Omar. Stay a while… I have a story to tell you, and something tells me yours is worth hearing too. Shall we begin?
Who am I?
Soy Omar More.
Y antes de contarte quién soy, déjame contarte algo que aprendí tarde: uno no elige las preguntas que lo persiguen. Ellas lo eligen a uno.
A mí me eligieron desde niño.
Yo quería entender el mundo desde lo que se podía tocar, medir, comprobar. Me metí en la física, en la química, en la biología, en las matemáticas — no porque quisiera ser científico, sino porque necesitaba que alguien me explicara el orden de las cosas. Y las ciencias exactas me enseñaron algo que nunca solté: que donde la mayoría escucha ruido, casi siempre hay un patrón esperando ser visto.
Pero mis preguntas nunca fueron sobre las estrellas ni sobre las moléculas. Eran sobre nosotros.
¿Por qué somos como somos? ¿Cómo puede ser que seamos tan distintos y, al mismo tiempo, tan parecidos? ¿Por qué hay personas que parecen fluir en ciertas cosas, como si el agua encontrara su cauce, y otras que empujan toda la vida contra la corriente? ¿Por qué algunos encuentran su lugar en el mundo con una claridad casi biológica, y otros pasan la vida entera buscando sin que nadie les responda?
Esas preguntas me acompañan desde entonces. Y todavía no me sueltan.
Fui un niño curioso. De esos insoportables que preguntan por todo.
Jugué deportes, imaginé cosas, construí muchas — y destruí muchísimas más, casi siempre para ver qué tenían adentro. Esa curiosidad nunca se quedó quieta, y con los años me fue llevando por caminos que no parecían tener nada que ver entre sí.
Me enamoré de la arquitectura y el diseño, y terminé aprendiendo solo a modelar en 3D. Me enamoré de la música, y aprendí solo piano, guitarra y algunos otros instrumentos. Me enamoré del cielo, y aprendí a volar: primero en simuladores, después de verdad. Cocino como quien juega, mezclando sabores para ver qué pasa. Camino y hago hike cada vez que puedo, porque los ríos, las montañas y los árboles me devuelven algo que la ciudad me quita. Quiero a los animales. Me fascina la tecnología.
Pero si tuviera que elegir una sola cosa, ninguna le gana a la gente.
Escuchar sus historias. Conectar. Acompañar. Ayudar donde alcance.
Y si tuviera que decirte mi propósito en una sola frase, sería esta: ayudar a que cada persona encuentre el suyo.
No llegué aquí de golpe. Nadie llega de golpe a ningún lado.
Empecé a trabajar de niño, empacando en el mandado. En mis ratos libres barría banquetas y lavaba los carros de mis vecinos para juntar unas monedas. Más grande fui ayudante de mesero, y después mesero — y sí, también usé una botarga para bailar en las horas felices. Mientras estudiaba la universidad trabajé como agente bilingüe de atención a cliente.
Cada uno de esos trabajos me enseñó algo que ningún libro me habría enseñado: que la gente se revela cuando cree que nadie la está mirando.
Ya titulado como psicólogo, comencé mi carrera clínica dando terapia en el área de atención a víctimas. Me formé ahí durante cerca de cinco años, escuchando historias que todavía me acompañan.
Y a lo largo de toda mi vida he dado terapia por mi cuenta, más como vocación que como oficio. Hasta la fecha no recuerdo haberle cobrado a nadie por ella. Siempre traté de estar para quienes sabía que lo necesitaban: los que ya habían tocado muchas puertas sin encontrar respuesta, y los que simplemente no podían pagar.
Nunca he podido creer que ayudar deba depender de quién puede permitírselo.
Después la vida me llevó a las áreas de talento y desarrollo organizacional. Ahí la psicología dejó de ser solo el consultorio y se volvió otra cosa: la lente con la que entendía equipos, decisiones y comportamiento humano dentro de sistemas muy grandes y complejos.
Con el tiempo crecí hacia las operaciones globales de Tecnología de Recursos Humanos, liderando estructuras y procesos a escala internacional. Y más tarde hacia la tecnología empresarial, diseñando e implementando sistemas de Enterprise Business Platforms con el uso de Inteligencia Artificial — ese puente silencioso entre las personas y la infraestructura que sostiene a las organizaciones.
Esa mezcla poco común — psicología clínica, ciencia dura y tecnología de sistemas — la completé con una Maestría en Derecho Empresarial. No por coleccionar títulos, sino porque me faltaba una pieza: entender no solo cómo piensan las personas y cómo funcionan las organizaciones, sino también las reglas invisibles que las gobiernan.
Fuera de todo eso, fundé y he operado durante cinco años un pequeño negocio de café. Aunque, si soy honesto contigo, es más hobby que negocio.
He intentado emprender varias veces. Muchas de ellas no salieron como yo esperaba. Y en algún punto del camino tuve que sentarme conmigo mismo y aceptar una verdad incómoda: mi negocio no está en hacer dinero. Está en ayudar.
Aun así, emprender me enseñó en carne propia lo que significa construir desde cero, mirar todos los ángulos, decidir sin certeza, y sostener un propósito justo cuando el camino se pone difícil y nadie está mirando.
También he dedicado tiempo al servicio comunitario, sobre todo en mis veintes, colaborando con grupos de servicio social. Porque parte de mi propósito siempre estuvo del otro lado: no solo construir para mí, sino devolver algo de lo que recibí.
Durante mucho tiempo creí que todo esto eran piezas sueltas. Retazos de una vida dispersa.
La física, la psicología, los sistemas, los distintos puestos, el derecho, el café, los emprendimientos que fracasaron, el servicio, la fe.
Un día entendí que no. Que cada una había sido, a su manera, la misma pregunta formulada en otro idioma. Que yo llevaba toda la vida dando vueltas alrededor de la misma cosa, mirándola desde ventanas distintas.
Esa pregunta es hoy el corazón de mi trabajo y la razón de ser del Instituto de Psicología Intersistémica del Propósito:
¿Por qué unas personas encuentran su lugar con claridad y otras no?
Y sobre todo — ¿se puede saber con anticipación?
Ahora déjame contarte lo más importante.
En el camino, me perdí. Incontables veces.
Me perdí solo, por mi cuenta, tomando desviaciones que parecían atajos. Me perdí siguiendo a personas que estaban aún más perdidas que yo, pero que caminaban con tanta seguridad que les creí. Me perdí por terco, muchas veces. Y me perdí por curioso, muchísimas más.
Pero eso es lo maravilloso de haberme perdido tanto: sin darme cuenta, fui dibujando un mapa.
Un mapa grande. Uno que reconoce los caminos y las sendas, que distingue los valles de los precipicios, que sabe qué terrenos son explorables y cuáles solo parecen serlo. Un mapa hecho no de teoría, sino de tropiezos.
Y en ese mapa aprendí a reconocer algo más — lo más importante de todo.
Aprendí a identificar esa casa en medio del bosque. La que siempre está encendida. La que ofrece cuidado, protección, calor, comida, y un abrazo que llega hasta el alma.
A lo largo del camino aprendí a encontrar a Dios.
Y cuando por fin lo encontré, me di cuenta de algo que me quebró y me sostuvo al mismo tiempo: que Él nunca estuvo esperándome al final del camino.
Siempre había venido caminando conmigo.
Te invito a que me acompañes en este viaje. Y a que me dejes acompañarte en el tuyo.
No tengo todas las respuestas, y sé que aún me faltan muchos años por recorrer, descubriendo, aprendiendo y volviendo a aprender. Todavía soy lo que podría llamarse un adulto joven.
Pero tengo la dicha de poder compartirte dos décadas de observación clínica, directa e indirecta. Una trayectoria que me llevó por mundos distintos, equipos distintos, sistemas distintos, y por muchas, muchas, pero muchas personas.
Y en todo ese camino, mi mente se dedicó siempre a lo mismo: hallar patrones.
Esos patrones me llevaron a encontrar mi propio propósito. Y después, el de otros.
Porque creo, con toda honestidad, que cada persona — y el propósito de cada persona — merece ser tomado como lo más serio de su vida.
A eso dedico hoy mi práctica, mi investigación, mi vida y mi propia historia.
Es solo un camino. Uno que prefiero recorrer acompañado.
¿Me acompañas?
Lo que no soy...
I've already told you who I am. Now let me tell you the other thing—the thing that's usually said less, but carries just as much weight.
I am not a guru.
And I say this right now, when there are plenty of them.
We live in strange times. Anyone can slap on a title—"coach," "mentor," "expert"—and start talking on social media. No training. No credentials. No real years of work behind them. Just a microphone, good lighting, and a well-told story.
And some people are very good at talking. Very good at inspiring. Very good at selling. Some are even very good at lying.
But speaking eloquently is not the same as knowing. Convincing is not the same as helping. And it has become dangerously easy to confuse charisma with sound judgment, and a catchy phrase with the truth.
I got lost following people like that too. That's why I say this carefully, and without resentment: not everyone who walks confidently knows where they're going.
I'm not someone who's going to sell you a magic formula.
It doesn't exist. And anyone who tells you otherwise either hasn't walked far enough, or knows it doesn't exist and still tries to sell it to you.
There's no quick fix. There's no five-step shortcut. There's no transformation that happens in a weekend, no matter how many tears are shed in the living room.
Real change takes time. Years, always. It takes work, the kind that's tiring. And above all, it takes support—constant, professional, sustained guidance throughout the entire process.
A conference can ignite something within you. But a spark isn't a bonfire. And the next morning, when the excitement fades and you return to your everyday life, the only thing that sustains you is work that's truly accomplished, with someone by your side.
I'm not someone who stands up and teaches while pretending to have it all figured out.
I'm just now getting my own things sorted out. Day by day, like everyone else.
I don't walk ahead of you. I walk beside you. And what I share with you is not only what I've learned—it's also what it took me a while to learn, almost always by making mistakes first.
If there's one thing I have, it's a map made of my own wanderings. And a map like that isn't for showing off. It's for lending.
And I don't do this for money.
My services are expensive. Not expensive—costly. There's a difference, and it's important: expensive is what costs more than it's worth. Costly is what's worth exactly what it costs.
I could serve many more people than I do. I could fill my schedule, increase the number of appointments, and achieve much higher numbers.
I choose not to.
I reserve very few places—never more than six people at a time. Not because of an imagined scarcity, but because providing good support requires complete presence. And presence cannot be divided without being lost.
I care about the quality of work of each person I mentor. And about my own, too, because no one can support another person when they're exhausted.
I don't have all the answers. I'll never tell you I do.
But I do have the credentials, the years, the stumbles, and the desire to seek them with you.
Really.
And it will be a privilege to be able to accompany you.

